La hora de la generosidad y la unidad

Bluesky

La generosidad es un bien escaso en la actual política. A menudo, a pesar de haber notables excepciones, predominan más los valores del individualismo que los de la colectividad. Sin embargo, se da el caso de que en un momento como el actual, con un fuerte ascenso de formaciones y movimientos nacional-populistas, la generosidad es más necesaria que nunca. En este sentido, pienso que este valor político de tener una mirada larga y amplia, de anteponer los intereses institucionales a los propios, y de tener clara cuál es la vía más inteligente para el progreso de la sociedad suele ser el paso previo para la unidad.

Susana Alonso

La unidad no debe entenderse como la uniformidad sino como la capacidad entre diferentes de ponerse de acuerdo con una serie mínima de elementos y, en consecuencia, como la fórmula para tratar de impedir que las opciones políticas ultraconservadoras lleguen al poder. Sin embargo, querer evitar que las formaciones de extrema derecha accedan a las administraciones públicas es una condición necesaria pero insuficiente, puesto que lo que realmente puede conseguir que en un futuro estos partidos tengan menos peso político es la capacidad de articular un programa de gobierno ambicioso que haga frente al principal problema que tienen en la actualidad las democracias liberales y que es el aumento desbocado de las desigualdades.

Los tiempos políticos actuales, aunque parezca paradójico viendo determinadas conductas públicas, requieren enormes dosis de generosidad y unidad. En este sentido, el caso actual quizás más flagrante es el francés. Pienso que Macron se ha equivocado escogiendo al conservador Michel Barnier como nuevo primer ministro del país. El presidente francés ha tomado una decisión legítima, pero en mi opinión equivocada por tres motivos: el primero es que ha obviado los resultados electorales (la familia política de la que procede el exnegociador del Brexit sólo tiene una cincuentena de diputados mientras que quien ganó las elecciones, la coalición de izquierdas, sacó 182); el segundo es que ha dado un papel y una relevancia política al Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen que pudo evitarse; y el tercero, y consecuencia del segundo, es que ha evitado recordar que su formación y las de izquierdas habían sido generosas y retirado candidatos de cara a la segunda vuelta de los comicios para evitar un triunfo de la extrema derecha.

Es cierto, sin embargo, y vale la pena subrayarlo, que la actitud de algunos candidatos del Nuevo Frente Popular, sobre todo aquellos provenientes del espacio político de la Francia Insumisa, no ha ayudado nada, pero habría sido más acertado y con mayor proyección a largo plazo que Macron hubiera nombrado alguna figura de perfil moderado, socialdemócrata o reformista del frente progresista como primer ministro del país. Una figura con capacidad de llegar a acuerdos con el resto de grupos de la Asamblea Nacional y con vocación por reducir la fuerte polarización que vive el país. Evidentemente, como paso previo tanto los macronistas como la candidatura de izquierdas deberían haber acordado un mínimo programa de gobierno. En cualquier caso, resulta evidente que ha carecido de generosidad. Pero lo que parece más claro, en estos momentos, es que el mandatario francés ha antepuesto salvar su carrera política por encima de frenar el auge de la formación que preside Le Pen y, en consecuencia, darle gasolina política de cara a las presidenciales del año 2027.

Sin embargo, y levantando ya la mirada al conjunto del continente europeo, se hace muy difícil preservar una mínima unidad política cuando la mayor parte de los partidos de matriz conservadora o democristiana están haciéndose suyos los postulados de la extrema derecha en cuestiones primordiales, desde el punto de vista humanitario, político y ético, como son la migratoria o la capacidad de integrar socialmente a las personas que llegan de otros lugares del mundo, o permitiendo la entrada de estas formaciones en los gobiernos locales, regionales y estatales.

Es probable que el camino de la generosidad, que no deja de ser el esfuerzo político de mirar lo que une a un partido con sus adversarios, sea un trayecto menos atractivo para las formaciones, pero a la larga es lo que garantiza la continuidad y el buen funcionamiento de las instituciones públicas. Sería bueno que las opciones políticas que defienden los valores democráticos no lo perdieran de vista si se quiere evitar otro caso como el francés.

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