¿Y si los colonos fuesen ellos?

Bluesky

A los que no comulgamos con la filosofía independentista de algunos catalanes nos acusan de ‘colonos’. Cuando fruncimos el ceño cuando vemos carteles o proclamas alertando de la muerte inminente del catalán y reclamando que mantengamos este idioma a diestro y siniestro y en todo momento, nos entiendan o no nuestros interlocutores, ya tenemos la marca encima: «eres un colón». Comentario que suele ir acompañado de la invitación a irse de Cataluña y, ya puestos, de los Países Catalanes.

Hace días que le doy a vueltas a la idea de que quizás los colonos son ellos. Porque, a ver, ¿a partir de qué momento un colectivo puede considerarse propietario exclusivo de la identidad de una comunidad, de un país? ¿Es aquello de los ocho apellidos que suenan a catalán? ¿Los Domínguez, Fernández, López o Martínez serán toda la vida sospechosos de colonialistas aunque algunos de ellos se hayan convertido en los principales adalides del supuesto que el catalán está amenazado de muerte, hayan convertido la ‘z’ final de sus apellidos en una ‘s’ o cambiado el sentido de sus acentos, como Óscar Andreu Fernández o David Fernández Ramos?

Los independentistas, perdida la fuerza de algunos de los argumentos que han usado en los últimos años para defender su opción, han optado ahora por hacer del catalán su herramienta principal de combate. ‘Mantengo el catalán’, dicen. En Alemania tienes que hablar en alemán, pues aquí nuestra lengua es el catalán y ¡no pienso ceder ni un palmo!», le gritan a la pobre pakistaní recién llegada que trabaja en un supermercado y no les entiende ni papa.

Resulta que el catalán apareció en Cataluña entre los siglos VIII y IX cuando el latín vulgar comenzó a diferenciarse en su territorio. Es decir que entonces los colonos eran los que hablaban catalán y, ciertamente, el latín acabó desapareciendo. ¿Pasará lo mismo con el castellano o el inglés y el catalán? ¿Desaparecerá el catalán? ¿Cuándo? ¿En el siglo XXI? No tiene esa pinta porque cada vez hay más gente que lo habla en Cataluña aunque el porcentaje global ha bajado porque ha aumentado más aún el número de personas que han llegado a Cataluña y hablan castellano u otros idiomas. Si el catalán ha sobrevivido durante 13 siglos prever su desaparición parece desacertado.

De hecho, yo les diría a los que nos etiquetan como ‘colonos’ por no agobiarnos con los usos lingüísticos en Cataluña que se preocupen más por la Inteligencia Artificial que por los inmigrantes latinoamericanos o los catalanes de toda la vida que somos unos traidores o unos ‘nyordos’.

Tengo esa misma sensación con un montón de tradiciones que nos quieren imponer como propias cuando a mí me dejan indiferente y nunca las he vivido como mías. Hablo por ejemplo de la sardana, creada por Pep Ventura en el siglo XIX. Colonizó los bailes previos que se hacían en Cataluña, con raíces griegas o romanas.

El listado de tradiciones ‘catalanas’ que han colonizado mi vida es largo y mi actitud es dejar que sigan su camino. Mi madre era feliz bailando sardanas pero a mí me gustaba más la rumba catalana, que nació en los años cincuenta del siglo pasado en Gràcia, Hostafrancs y el Raval de Barcelona.

Peret cantaba en catalán y castellano. Enredava per aquí i enredava per allà, decía que Barcelona tenía poder y cantaba y era feliz. Si dedicamos menos tiempos a buscar colonos y utilizamos las lenguas para entendernos y no para pelearnos seremos más felices.

De par en par a todos les abre su corazón, sin excepción de raza ni de color. Humildes trabajadores, grandes poetas que le han cantado al amor. Una Sagrada Familia se ha levantado en su interior. Para el mar de amores: rumbas y flores. Pa’ subir al cielo: vente al Paralelo. Para ahogar las penas: fuente Canaletas. Pal que busque novio: mercao San Antonio. Gitana hechicera. Hechicera gitana. Romántica reina. La que nos parió.

A mí me parieron en la calle de Robador, en el Raval, al mismo tiempo que nacía la rumba. De estos ‘colonos’ sí que soy y tan contento.

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