Yo comprendo a la ultraderecha. Puedo entender su rabia, su malestar, su infinito desasosiego cuando la realidad te propina una tremenda bofetada. En este aspecto, el pasado mes de julio fue ejemplar: por una parte, Donald Trump estuvo a punto de morir de un disparo que no impactó en su cabeza por milímetros. Un auténtico milagro. Quien apretó el gatillo fue un chico muy joven (el 20 de septiembre habría cumplido 21 años) y perfectamente anglosajón llamado Thomas Matthew Crooks. Al contemplar su foto, casi podríamos aventurar que Crooks pertenecía, en la terminología clasista de los high school norteamericanos, a la casta más baja de alumnos, los nerds; es decir, los más inteligentes pero al mismo tiempo los menos agraciados físicamente y con pocas habilidades sociales. Lo que en nuestro propio vocabulario clasista llamaríamos el empollón o el pringao. Lo que no sabía nuestro personaje es que, al disparar contra Trump, estaba invalidando dos preceptos básicos de su ideario: el derecho ilimitado a portar armas (gracias al cual pudo comprar legalmente el rifle del tipo AR-15 con el que intentó matarlo) y la creencia de que los actos de violencia son propios de inmigrantes, a los que Donald Trump califica invariablemente de “asesinos” y “violadores”.
La otra bofetada de realidad resonó, y con qué fuerza, al otro lado del Atlántico, en España. Puedo imaginar a Santiago Abascal y a los suyos retorciéndose de estupor ante el hecho incontestable de que fuera un jugador español llamado Lamine Yamal, que podría pasar perfectamente por un mena -tanto por sus orígenes como por su juventud (16 años en el momento de iniciar la Eurocopa)-, quien con su juego extraordinario llevara a la selección de España a ganar dicha competición. ¿Qué hacer? ¿Cómo despreciar al héroe que consigue un triunfo para la Patria? Y nada menos que un mena, esa figura que constituye el sumidero de todos los odios para un ultraderechista, llámese Abascal o Sílvia Orriols -y también para muchos otros que no se declaran como tales- y a la que cada día se cubre de mierda (con perdón) en redes sociales, tertulias de bar y lugares de trabajo.
¿Qué pasa por la cabeza de estos individuos -me pregunto- cuando la propia vida desmiente tus principios de forma tan descarnada? Nada, desgraciadamente: el sectarismo y el fanatismo tienen tanta fuerza que pueden imponerse incluso a la realidad más evidente. Pero en este caso, un suceso violento ha venido, además, en auxilio de la ultraderecha: el padre del jugador, Mounir Nasraoui, ciudadano marroquí de 38 años, fue apuñalado el pasado día 14 de agosto por la noche en un aparcamiento del deprimido barrio de Rocafonda, en Mataró. El barrio donde creció Yamal y que siempre reivindica. Trasladado inmediatamente al Hospital Universitario Germans Trias i Pujol (Can Ruti) de Badalona, fue dado de alta el viernes 16.
Se habló en un principio de un crimen racista, pero al parecer pudo deberse a una pelea con otros marroquíes. Y hablo en condicional porque todavía los hechos no han sido esclarecidos del todo: la cadena de televisión 8tv difundió en la red social X (antiguo Twitter) un video donde se le ve discutiendo con vecinos de su misma nacionalidad. En todo caso, el hecho confirmaba el sesgo racista y no fue desaprovechado. Reproduzco alguno de sus mensajes publicados en el hilo iniciado por 8tv, con evidente náusea pero con el convencimiento de que resulta pedagógico: “I el pare (de Lamine Yamal) qui d’ells és si tots son iguals?”; “Ho porten als gens”; “Un moro de 35 anys fent coses d’un moro de 35 anys…” ; “Son sus costumbres y hay que respetarlas (?)”; “Con el dinero que gana su hijo y no se va del gueto, es imposible la integración de esta gente, se puede comprar perfectamente una casa en una buena zona pero prefiere el gueto lleno de chusma, porque si se rodea de gente normal se siente fuera de lugar”; “Mataró y toda Barcelona=estercolero multicultural”.
Este tipo de mensajes es un mantra tóxico que cala como lluvia fina. Y como se puede comprobar, los reproduzco en su lengua original para que se vea que están escritos indistintamente en castellano y catalán. Además, los firman tanto personas que podrían ser partidarias de Vox como otras que exhiben la estelada o el lazo amarillo. Definitivamente, la ultraderecha no entiende de banderas.
Conclusión: dura poco la alegría en la casa del pobre. Sobre Lamine Yamal, estrella fulgurante de la Eurocopa 2024, se cierne ahora la alargada sombra de unos “genes equivocados” y de una cultura que “jamás podrá integrarse”. Mientras escribo esta nota, a muchos kilómetros del barrio de Rocafonda, un niño de 11 años ha sido asesinado en Mocejón (Toledo). El horrible crimen lo cometió un joven encapuchado y la policía, en principio, no conocía su identidad. Pero las redes ya habían dictado sentencia: tenía que haber sido un marroquí. Y se hacía recaer nuevamente la sospecha sobre los menas, pues al parecer cerca del lugar de los hechos hay un establecimiento hotelero donde se alojan este tipo de menores. Finalmente fue detenido un chaval de 20 años, español, como sospechoso. Pero da igual: que haya sido un español es malo, pero claro, no presupone que todos los jóvenes españoles sean asesinos de niños. En cambio, de haber sido un marroquí, ello sería la prueba irrefutable de la maldad intrínseca de su “raza”. Que la realidad no te estropee un buen prejuicio.
Pienso entonces en el amabilísimo vecino de arriba que acaba de mudarse a mi edificio. Es de Tánger y, sin apenas conocerme, se presentó en casa para ofrecerme una tetera de excelente té de naná (menta). O en los obreros que hace unos meses arreglaron la calle de al lado, doblando la espalda sobre el asfalto. Todos eran marroquíes, excepto el capataz (español). O en los jornaleros (todos extranjeros) que a diario recogen fruta en condiciones miserables en los invernaderos del sureste español. O en Najat El Hachmi, magnífica escritora y articulista, cuyo dominio del castellano sólo es comparable a su autenticidad y ansia reivindicativa.
No soy buenista. Simplemente, como decía Orwell, es preciso defender lo evidente.








