Este domingo, día 19 de octubre, Joan Laporta completará el primer mandato de su segunda presidencia con la bochornosa y lamentable imagen de una asamblea de compromisarios celebrada a escondidas de los socios, y del mundo prácticamente. Se someterá al criterio de los pocos compromisarios asistentes y de quienes puedan conectarse y votar sin ninguna garantía telemática de que su voz, su opinión y hasta su voto puedan reflejar una participación real, la aprobación de las peores cuentas de la historia, superando incluso las de la pandemia del ejercicio 2020-21.
En otra artimaña contable sin precedentes, Laporta les repetirá a los socios que la economía se ha recuperado y acreditará como prueba fehaciente que el club ha obtenido 2 millones de beneficio en el ordinario. Luego los embaucará con el cuento de que, por culpa de los impuestos, habrá que aprobar con los ojos cerrados y la nariz tapada unas pérdidas de 17 millones, una recaída -dirá- sin importancia ni trascendencia que con los estatutos en la mano supondría el cese automático de la junta, si el Barça no se hubiera transformado en una institución franquista en este segundo advenimiento del laportismo.
El presidente les ocultará, desde luego, que, para evitar preguntas incómodas y la obligación de dar explicaciones, 90 millones de pérdidas que el auditor, Crowe, le ha obligado a imputar por el deterioro de Barça Vision (la palanca fantasma) se han retro-introducido en el ejercicio del año pasado, el de la temporada 2023-24. Se trata del ajuste exigido por el anterior auditor, Grant Thornton, que Laporta se negó a admitir para no presentarse ante la asamblea con 180 millones de pérdidas.
Crowe se lo ha dejado a la mitad y, además, le ha autorizado a vaporizarlas gracias a ese viaje contable al pasado, maquillando así los malos resultados de la temporada 2024-25, de 107 millones negativos (17 + 90 millones atrasados), que igualmente han aumentado las pérdidas acumuladas de la gestión de Laporta a 230 millones desde 2021.
En el relato de este otro cuento de fantasía, Laporta presumirá de unos ingresos de 964 millones, prácticamente 100 millones más de los presupuestados y 216 por encima de la temporada anterior, que provienen en gran parte de los 70 millones concedidos finalmente por esos asientos VIP que, por 30 años, al Barça le supondrán más de 300 millones menos en la explotación. Entradas que no se repetirán, junto a 40 millones de traspasos que, sin embargo, no han permitido cerrar con beneficios ni mucho menos, tampoco en ese ordinario imaginario con el que Laporta embaucará a la asamblea.
En cambio, la cuenta de gastos se ha disparado sin mediar hechos fuera de la común más allá del ajuste de más de 20 millones descarriados con la operación de Vítor Roque y de 15 millones de la multa de la UEFA, que acabarán siendo 40 más si el balance no se endereza.
La masa salarial ya ha recuperado un volumen de 532 millones, con una marcada tendencia al aumento al mismo tiempo que retrocede brutalmente el fair play financiero que le concede LaLiga, que es de solamente 351 millones. Es decir, de 181 millones de distancia en relación con el 1:1 prometido.
Y no es, efectivamente, la reforma del estadio la causa -todavía- de este descalabro causado por la negligente gestión de Laporta que, sin duda, afecta de lleno a los recursos azulgrana a la hora de fichar y de reforzarse, tanto como el favor personal que el presidente le ha hecho a sus nuevos amigos de Arabia Saudí al regalar a Íñigo Martínez. Una operación injustificable que los palmeros del presidente, no obstante, aplauden por el efecto doble de deshacerse de un futbolista que cobraba demasiado y que por edad (34 años) al Barça ya no le convenía.
Con esa maniobra de dejarle ir gratis, pese a tener firmado un año más de contrato, Laporta se ahorró 14 millones de masa salarial, que pudo sumar directamente a favor de su fair play financiero, mientras que esta temporada, con 37 años, Lewandowski cobrará 33 millones. Sigue resultando inexplicable que Laporta no pidiera un traspaso generoso al millonario club Al-Nassr de Arabia Saudí, dispuesto a pagar millonadas por futbolistas con mucha menos proyección, y que la propia junta hubiera de avalar 12 millones de su bolsillo para poder inscribir al completo la plantilla de Hansi Flick, de solo 23 jugadores por culpa de esa precariedad tan alarmante que, inapelablemente, desmiente cualquier relato que Laporta pueda argumentar ante los socios sobre la recuperación económica.
El Barça está redimiendo el nivel de ingresos prepandemia -aún no ha llegado a igualarlo por 26 millones (990 millones es el techo histórico establecido en 2020)-, a pesar de que el resto de los grandes clubs europeos ya acumulan cuatro años superando sus mejores cifras registradas antes del impacto de la Covid.
El Barça de Laporta arrastra un retraso evidente con relación a esta dinámica con el hándicap añadido de esa enorme e inexplicable factura de gastos, de 965 millones, con una desviación presupuestaria de 92 millones que, si se computan los 90 millones que se han escondido debajo de la alfombra de las cuentas del ejercicio anterior, ascenderían 182 millones de más para un total de gastos de 1.055 millones reales.
Laporta, en definitiva, espera salir a hombros de una asamblea que certificará la inminente intervención de Goldman Sachs ante una deuda total que ya supera los 4.000 millones y unas pérdidas operativas en el mandato de 230 millones, y eso a pesar de haber ingresado 1.000 millones de beneficios netos extraordinarios a base de palancas que, como la de Barça Studios, no eran más que humo, fraude, engaño y trampas contables. En esta asamblea, más de lo mismo.











