Por qué las hacía sufrir mucho a la hora de transcribir sus intervenciones. Lo explicó en una entrevista al periódico ARA Ana Rivero, una tipógrafa que ha trabajado 50 años en el Congreso de los Diputados y que se ha jubilado recientemente. Cuando le preguntaron si recuerda a algún diputado que le resultara especialmente difícil de transcribir, Rivero contestó: «Hay diputados indescifrables. Joan Tardà era tela marinera. El problema no es cuando hablan deprisa sino cuando no acaban las frases, cambian de tema, pierden el hilo conductor y luego tienes que dar forma a la transcripción».
Rivero, que ha recogido sus vivencias en el Congreso en el libro «Luz y taquígrafa» (Plaza & Janés), dice que también le costaba transcribir las intervenciones de Miguel Ángel Moratinos o Cristina Almeida. Piensa que el lenguaje de los oradores se ha empobrecido con el paso de los años. «Cada vez las legislaturas son peores. Aparte de los insultos, el lenguaje es más pobre. No tenemos unos parlamentarios de calidad, de profundidad».
Por cierto, cuando desde la presidencia del Congreso se decide que alguna expresión de un diputado no conste en acta eso no implica que no quede constancia escrita. «Realmente no se retira. Lo ponemos entre claudátores y en cursiva. A pie de página indicamos que se ha retirado. Es simbólico», explica.















