‘El robobo de la jojoya’

Bluesky

El robobo de la jojoya vendría a ser lo que despectivamente llamamos españolada y que, en definitiva, sería una película de escasa calidad. Se debió hacer probablemente con un zapato y una alpargata, aprovechando la tirada, entonces —principios de los 90—, del dueto cómico Martes y Trece. Aquella pantomima espantosa, seguramente de culto para friquis, me ha hecho pensar en el reciente robo en el Museo del Louvre de París. Un escándalo con mayúsculas, que hiere el orgullo francés, especialmente por la sencillez de la ejecución: unos ladrones suben a una escalera mecánica para acceder al primer piso del célebre museo, lo hacen a plena luz del día y con una sierra radial, para luego llevarse las joyas que Napoleón III regaló a su mujer, la española Eugenia de Montijo. Siete minutos escasos duró la exitosa operación, y aun los buscan. Sensación de vergüenza colectiva entre los franceses.

El trauma que el robo ha dejado a la sociedad francesa —dicen— es solo comparable con el incendio de Notre Dame. Como entonces, los franceses se han sentido vulnerables. La comparativa es de la ministra Cultura, Rachida Dati. El ministro de Justicia francés, Gérald Darmanin –que antes lo fue de Interior–, entonó el mea culpa: «Lo que es seguro es que hemos fallado». Según él, la imagen vista en todo el mundo del pequeño camión con el elevador y el hecho de que, en pocos minutos, los ladrones consiguieran sustraer de las vitrinas, tras serrarlas, ocho joyas de tanta relevancia simbólica, «da una imagen deplorable de Francia».

Lo que queda claro es que Francia no está pasando por su mejor momento. Al día siguiente del robo, el expresidente Nicolas Sarkozy ingresaba en la cárcel de la Santé, de París, para cumplir la condena de cinco años de prisión que se le impuso el mes pasado por asociación de malfactores y el intento de conseguir financiación ilegal del dictador libio Muamar Gaddafi para la campaña electoral de 2007. Un hecho insólito en la V República, en un momento político muy delicado.

Francia parece vivir inmersa en una crisis de confianza colectiva. El robo al Louvre, más allá de su espectacularidad, es el reflejo simbólico de un país que hace tiempo que ha perdido el sentido de su propia invulnerabilidad. El desgaste institucional es evidente: la extrema derecha, más fuerte que nunca; un presidente, Emmanuel Macron, desconectado de la calle y acorralado por la impopularidad; una sociedad dividida entre la nostalgia de la grandeur y el miedo a un futuro que no sabe cómo afrontar. El ingreso en prisión de un expresidente por corrupción solo acentúa la sensación de que el sistema tropieza, que nada es sólido. En otros tiempos, Francia proyectaba orden, cultura y prestigio moral; hoy, parece vivir atrapada entre la impotencia y la vergüenza. Quizá por eso este robo duele tanto: porque recuerda a los franceses que incluso el Louvre, el último santuario de su grandeza, también puede ser vulnerado.

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