“Hay que entender que sentirse afectado por el cambio climático no significa estar enfermo”

Entrevista a Teresa Franquesa

Bluesky
Teresa Franquesa

Cada 5 de junio se conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente y encontramos una infinidad de noticias que nos recuerdan que afrontamos como humanidad un momento crítico por la inminencia del cambio climático. En los últimos años, se ha empezado a popularizar la ecoansiedad como término para denominar la afectación en la salud mental que puede generar el hecho de ser consciente de vivir en un planeta que experimenta desastres naturales. Para poder entender mejor esta problemática, cómo nos afecta y cómo poder gestionarla, hablamos con Teresa Franquesa Codinach, bióloga con un máster en psicología social y autora del libro Cambio climático y ecoansiedad. De la preocupación a la acción .

¿Qué es la ecoansiedad y la ansiedad climática? ¿Son lo mismo?

La palabra ecoansiedad se ha popularizado para describir las emociones difíciles que experimentamos cuando tomamos conciencia de los problemas ambientales, en particular de la gravedad del cambio climático y sus consecuencias para la humanidad. A veces se habla de “ansiedad climática”, y en general se utilizan como sinónimos. Sin embargo, el término ecoansiedad puede generar confusión. No hay una definición única, y a veces se puede entender como si fuera un trastorno de ansiedad cuando, en realidad, en la mayoría de los casos, no es ninguna patología. De hecho, preocuparse por el cambio climático es una respuesta normal y saludable. Demuestra que nos sentimos parte del entorno y que nos importa conservarlo. A diferencia de otras formas de ansiedad que nacen de un miedo irracional, esta tiene una base real, objetiva. Es una señal de salud psicológica y de sensibilidad ambiental. A pesar de su ambigüedad, el término ha tenido éxito y ha sido adoptado tanto en la academia como en los medios. Y hay que decir que ha sido útil: ha permitido poner nombre a una experiencia compartida que antes no se reconocía y ha abierto la puerta a hablar del impacto psicológico de la crisis climática.

Varios estudios muestran que los jóvenes son los más preocupados por el calentamiento del planeta. ¿Cómo se manifiesta la ecoansiedad?

La ecoansiedad puede afectar a cualquier persona, pero entre los jóvenes tiene una presencia especialmente marcada. Muchos de ellos sienten que tendrán que afrontar las peores consecuencias de la crisis climática a lo largo de su vida. De hecho, lo que más contribuyó a divulgar el concepto fue una investigación internacional a gran escala, dirigida por la psicoterapeuta Caroline Hickman, publicada en 2021 en The Lancet, que tuvo mucha repercusión mediática. Se encuestó a 10.000 jóvenes de 10 países diferentes y casi el 60% decían estar muy preocupados por el cambio climático. Además, más de la mitad expresaban emociones como tristeza, angustia, rabia, impotencia o culpa. Es una respuesta emocional que comparten muchas personas en todo el mundo ante un mismo problema: la degradación ambiental que afecta a todos. Y aquí las redes sociales tienen un papel importante, ya que han sido clave para difundir información y generar conciencia, pero también pueden amplificar la angustia y la sensación de desborde.

Ha dicho que la ecoansiedad no es un trastorno patológico, pero sí que puede alterar el bienestar general, aumentar el nivel de estrés y alterar la vida de muchas personas. ¿Cómo se puede afrontar?

Es cierto que, en casos extremos, hay quien puede sentirse abrumado hasta el punto de sufrir insomnio o ataques de pánico. Pero hay que entender que sentirse afectado por el cambio climático no quiere decir estar enfermo. Es una reacción comprensible ante una situación realmente preocupante. El psicólogo Thomas Doherty lo explica muy bien: “La función de la ansiedad no es hacerte feliz, sino mantenerte vivo”. Las emociones, en general, tienen eso: nos sacuden, nos ponen en alerta. Y en este caso, el miedo por el futuro, la tristeza por lo que se pierde, o la rabia ante la inacción, pueden ser motores para actuar. Del mismo modo que la fiebre nos avisa de que algo no va bien en el cuerpo, la ecoansiedad nos avisa de que algo no va bien en nuestro entorno vital. El problema no es sentirnos removidos, sino quedar atrapados en esa sensación sin hacer nada. Es importante dejar que estas emociones nos muevan: que nos hagan hablar con otros, buscar alternativas, implicarnos en acciones colectivas. No sólo para sentirnos mejor, sino para contribuir, de verdad, a cambiar las cosas. También conviene cuidar los aspectos más básicos: dormir bien, movernos, dosificar el consumo de información ambiental, evitar la saturación… Son acciones sencillas, pero fundamentales.

¿Existen herramientas psicológicas o comunitarias que hayan demostrado ser efectivas para hacer frente a esta problemática?

Una de las cosas más importantes es recordar que no estamos solos. Sintonizar con los demás y compartir nuestra inquietud es indispensable. Cuando nos encontramos con gente que se siente como nosotros, no sólo nos sentimos acompañados y comprendidos, sino que nos reforzamos mutuamente para pasar a la acción. Esta conexión con otros que comparten nuestros valores e inquietudes puede transformar el malestar en un propósito común, y esto tiene un efecto muy positivo sobre nuestro bienestar emocional. En este sentido, iniciativas como los “cafés climáticos”, los grupos de apoyo emocional o los espacios de conversación facilitada son cada vez más habituales. Ofrecen un entorno seguro donde poder expresar cómo vivimos la situación y romper la sensación de aislamiento.

Concretamente en Barcelona, ¿ha visto iniciativas orientadas a hacer frente a la ecoansiedad? ¿Considera que se está gestionando adecuadamente este tema colectivo?

La red Barcelona + Sostenible es un espacio clave en la lucha contra la emergencia climática en la ciudad. Agrupa a cerca de dos mil de personas y organizaciones que colaboran en proyectos para promover la sostenibilidad, la justicia climática y la mejora del entorno urbano. A través de esta red se fomentan iniciativas colectivas que no solo tienen un impacto socioambiental positivo, sino que también generan vínculos comunitarios y espacios de participación activa. La dinámica de la red —basada en la creación continua de grupos de trabajo— ofrece un entorno ideal para incorporar esta vertiente emocional de la crisis climática. Hablar abiertamente de estas emociones y compartir estrategias para gestionarlas puede convertirse en una línea de trabajo importante dentro del compromiso colectivo para garantizar la calidad de vida futura en la ciudad.

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